domingo 17 de diciembre del 2017

Borges en el diván

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Borges en el diván
Imaginación como escuela   Francisco Javier Estrada   Si las armas sólo son imaginativas porque para los contemporáneos tenemos que pensar en películas como La Guerra de las Galaxias, Viaje a las Estrellas, 2001 Odisea en el espacio, etcétera, tantos títulos que nos recuerdan cómo el hombre ha desarrollado, para[...]


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Imaginación como escuela

 

Francisco Javier Estrada

 

Si las armas sólo son imaginativas porque para los contemporáneos tenemos que pensar en películas como La Guerra de las Galaxias, Viaje a las Estrellas, 2001 Odisea en el espacio, etcétera, tantos títulos que nos recuerdan cómo el hombre ha desarrollado, para mal, esa pasión fanática de crear lo que destruye a su propio hermano. Ante ello, porque las armas son menos que las ideas de la poesía o la filosofía, es que entendemos que la imaginación en Borges se fue enraizando de tal manera que fue obsesión y escuela.

Volodia nos cuenta que: “Sentía debilidad y empatía por escritores con intenciones transgresoras. Un autor francés hoy bastante olvidado, Louis Ménard fue su modelo en un género que Borges cultivó con esmero; la apropiación y uso de textos ajenos. Se le clasifica como escritor paródico. Lo atrajo porque trató, de nuevo y a su manera, clásicos de la literatura griega. Los reinventaba en francés. Después de Esquilo parodió franceses.” Si queremos entender a Borges o a Alfonso Reyes, debemos de comprender que nada está lejano a saber que el más sabios escritor, pensemos en William Shakespeare, supieron de tantos otros autores, que como en máquina revolvedora terminaron creando sus propios personajes a través de la sabiduría.

Ser lector y después escribir. Un lector de libros, ya que la vida no le dio toda la libertad, ni el deseo de aventura al abierto, para andar como Cortázar o García Márquez, haciéndose militantes de alguna revolución en Nicaragua o en Cuba. En ese sentido, el pensar que Julio Cortázar estaría muriéndose de vergüenza al ver lo que hoy es el país centroamericano, sólo propiedad de uno de aquellos revolucionarios que defendió en los tiempos del somocismo.

Somos lo que leemos. Y si se puede un poco más, lo que leemos y a través de ello inventamos. Por eso dice Volodia: “Nunca dejó de buscar en los libros a sus parecidos. En De Quincey descubrió sus propias tendencias marginales, su afición por las rarezas, por las sociedades secretas, por el tema del crimen, su afán de inquirir la suma de los significados y toda la polivalente historia del vocablo.” Siempre comenzaba diciendo que no quería hablar en ensayo, y era un hombre, diría más bien un escritor-ensayo. Creo que Borges fue sobre todo eso, y a partir de esa sabiduría del ensayista forjó sus poemas y sus cuentos. Forjó sus charlas con los demás, y sus presentaciones sobre todo tipo de escritura.

El apartado En busca de sus semejantes, es una trampa, más bien a partir de los semejantes, es que hace su propia historia, sus propias personalidades, que hoy cubren espacios de la literatura contemporánea como pocos. En eso radica la grandeza de Pedro Páramo, de Cien años de soledad o del Aleph, al final de cuentas. Toda la biografía de Volodia es un texto que no debemos dejar de leer, estudiar con el fin de comprender sus diversos o infinitos mensajes que manda al tratar de darnos a conocer al ciego argentino.

Los grandes escritores pasan por “mansiones”, es más viven en dichas mansiones. Pues como dijo Pablo Neruda, al recibir el Nobel de Literatura, que él nunca había tenido o asistido a taller de literatura alguno. Él nos hacía trampa, pues las grandes escuelas de escritores se introducen en la mansión grande, que es la propia literatura y sus habitantes. Así sucede con Borges en la Argentina que destaca por ser la patria donde la educación y la cultura se encuentran más avanzada, con respecto al continente y sus diversas lenguas.

En su apartado titulado La mansión entre el follaje, cuenta Volodia: “Me pregunto qué llevó a Borges a decir: ‘durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba a mi nombre’. Cuando más brillante se es, se tiene ese error, el pensar que uno, es la Literatura o que Yo, soy la Ciencia y al suceder ello, se niega que de los otros recibimos no sólo la herencia genética, sino la sabiduría de la que vamos imbuidos en todo el existir porque así debe de ser.

El escritor se hace de los otros. El poeta Alí Chumacero, era de los que se sentía orgulloso pues gracias a sus lecturas, de las cuales muchas las recibió bajo pago. Décadas que trabajó hasta acabarse la vista en el Fondo de Cultura Económica (FCE) —que espero le hayan pagado como merecía— pues cientos de libros pasaron por sus ojos, y quizá por decir, por sus manos; que le sirvieron siempre para jalonear la nueva edición, para que no resultara que al primer jalón se deshojara, comprobando su poca calidad en el trabajo de impresión y pegado.

Toda la historia de la literatura gira en torno a esto. Los grandes escritores se hicieron porque fueron antes que escritores, lectores, de todo lo que les cayó en su propia lengua, o en aquella que se sintieron obligados a adquirir para después imaginar el mundo que deseaban elaborar.

 


   

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