viernes 23 de febrero del 2018

República Centroafricana, la guerra que no termina

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República Centroafricana, la guerra que no termina
Por Luca Pistone. Enviado Bria, una pequeña ciudad en el centro-este de la República Centroafricana, alberga el campamento de desplazados más grande del país, el PK3. Aquí, desde hace casi dos años, viven en condiciones de extrema pobreza más de 40 mil cristianos, muchos de las cuales tienen su propia[...]


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Bria, República Centroafricana, domingo 11 de febrero del 2018.-

Por Luca Pistone. Enviado

Bria, una pequeña ciudad en el centro-este de la República Centroafricana, alberga el campamento de desplazados más grande del país, el PK3. Aquí, desde hace casi dos años, viven en condiciones de extrema pobreza más de 40 mil cristianos, muchos de las cuales tienen su propia casa a unos cientos de metros del campamento.

El perímetro de la estructura está vigilado día y noche por el contingente de mantenimiento de la paz de la ONU para evitar ataques, saqueos y violaciones por parte de las varias milicias de mayoría musulmana que tienen el control de la región. La guerra civil que estalló en el país a finales de 2012 no terminó nunca, y los habitantes de Bria lo saben bien.

La República Centroafricana es un país muy pobre, el último en el ránking mundial del Índice de Desarrollo Humano.

Esta excolonia francesa fue gobernada por diversos regímenes militares desde que se convirtió en un estado independiente, en 1960, y, a pesar de ser rica en materias primas como el uranio, el oro y los diamantes, nunca fue capaz de asentar un crecimiento económico y un régimen político estable.

La guerra civil estalló el 10 de diciembre de 2012 en un contexto de enfrentamientos entre diferentes facciones después del golpe que derrocó al entonces presidente, François Bozizé.

El golpe contra el general, quien a su vez había llegado al poder por la fuerza en 2003, lo protagonizó una coalición rebelde conocida como Séléka (“alianza” en sango, el idioma más hablado del país) y formada por miembros de las etnias de religión musulmana.

Después las milicias Anti-Balaka (Anti-AK47 o Anti-Kalashnikov), de religión cristiana, comenzaron a luchar contra los Séléka, que habían puesto en el poder a uno de sus hombres, Michel Djotodia.

Este último, después de convertirse en presidente, suspendió la Constitución y disolvió el Parlamento. En septiembre de 2013 Djotodia también disolvió la coalición Séléka, sin desarmar, sin embargo, a las milicias que la componían.

En 2013 el Consejo de Seguridad de la ONU apoyó a las tropas de la Unión Africana y a las tropas francesas dentro del país contra el régimen.

París también decidió aumentar su compromiso junto a las 12.000 tropas de paz de la ONU. Los enfrentamientos registraron un período de calma relativa a finales de 2016, cuando el país fue testigo de la pacífica elección del actual presidente y ex primer ministro, Faustin Archange Touadéra.

Sin embargo, en los últimos meses la violencia sectaria volvió a crecer, especialmente en las regiones centrales y orientales. Justo donde está Bria.

El PK3, el mayor campamento para desplazados de Bria, toma su nombre del número de kilómetros que lo separan del centro de la ciudad (la población local usa indistintamente las siglas PK y KM).

Las cabañas construidas con lonas, láminas, madera y paja se extienden hasta donde alcanza la vista. La vida comercial del campamento se desarrolla a lo largo del camino que conduce a la sede de la Minusca (la misión de estabilización multidimensional e integrada de la ONU en la República Centroafricana).

A bordo de vehículos blindados, las patrullas de los contingentes de la ONU procedentes de Burundi, Gabón, Ruanda, Pakistán y Camboya transitan constantemente este camino de tierra, y se detienen solo cuando ven algo sospechoso.

“La Minusca -dice Jean-Noël, el dueño de una pequeña tienda de ropa usada- afirma que está aquí para protegernos de los Séléka. Pero por la noche esos consiguen superar las vallas y llevarse el botín. A veces nos disparan desde lejos y si encuentran a nuestras mujeres las violan”.

“Esto no es vida, ya no salimos del campo por miedo a ser atacados y, por lo tanto, dependemos por completo de la ayuda humanitaria, que no es suficiente para satisfacer nuestras necesidades. Ni siquiera tenemos un poco de tierra para cultivar. Ahora estamos abandonados a nuestra suerte. Los únicos que realmente se preocupan por nosotros son los Anti-Balaka, nuestra gente”, dice.

En la zona de Bria las fuerzas de Séléka son mayoría, por lo que las milicias Anti-Balaka tuvieron que refugiarse en el PK3.

Ramazanie, el nombre de guerra de Jean-Francis Diandi, de 25 años, es uno de los comandantes de los Anti-Balaka locales. “Los militares de la Minusca -dice mientras acaricia una vieja pistola que lleva en el cinturón- nos disparan cuando tratamos de defendernos de nuestros enemigos”.

“¿Esto es normal? Es una injusticia. La Minusca no logra mantener la seguridad aquí en el PK3. A parte de patrullar, se quedan en su sede protegida con alambre de púas y apenas nos miran. Es nuestro deber tomar las armas, tenemos familias que proteger”, señala.

Los Anti-Balaka gestionan la seguridad dentro del campo. Así como la Minusca realiza patrullas por la ciudad, los Anti-Balaka también patrullan el campamento. No hay nada que entre o salga del PK3 sin que ellos lo sepan.

Tienen informantes y centinelas en todas partes: el miedo a una ofensiva de los Séléka los hace estar siempre alerta. Se arman lo mejor que pueden, algunos con un machete, otros con un puñal, otros con barras y otros con un revólver del siglo pasado.

Los más afortunados están equipados con un Kalashnikov. Se divierten escenificando lo que le harían a un Séléka si pudieran: la opción menos macabra es cortarles la garganta.

Todos tienen un gris-gris, un talismán hecho por un hechicero que cuando se lleva tiene el poder de evitar los golpes del enemigo. Se trata de una tradición también difundida entre los Séléka.

“Yo también tengo mi gris-gris -dice en el interior de su tienda el general Bokassa, el nombre de guerra de Thierry Plenga, de 35 años, jefe de los Anti-Balaka del PK3– y lo llevo siempre conmigo. De muchas batallas salí vivo sin ni siquiera un rasguño”.

Pero, añade, “para ser un Anti-Balaka no basta con llevar un gris-gris, hay que tener mucho coraje y un gran espíritu de sacrificio. Nunca se come, se duerme muy poco y enfermamos continuamente. Este es el precio que hay que pagar para defender a nuestra gente”.

“Lamentablemente, no tenemos los medios adecuados para luchar contra nuestros enemigos y, por lo tanto, nos vemos obligados a permanecer atrapados aquí. El estado no hace nada por nosotros, aquí ni siquiera hay un soldado centroafricano cumpliendo con su deber, por lo que los Séléka pudieron tomar la ciudad “, indica.

Tierra arcillosa y polvo por todas partes; colas interminables para sacar agua de los pozos y para ir al baño; hordas de niños, a menudo huérfanos, que al no poder ir a la escuela pasan días enteros jugando al fútbol con pelotas remendadas docenas de veces, montones de desechos entregados a las llamas porque no hay ningún vertedero; incendios continuos debidos a accidentes domésticos.

Además, puntos de encuentro para mujeres y niñas donde tienen lugar violaciones que llevan la firma de los Séléka; misas de rito católico y protestante bajo techos incandescentes que reúnen a miles de fieles; enfermedades como la malaria y la disentería, que en otras partes serían fácilmente tratables pero que aquí matan; cementerios improvisados en el bosque; el restaurante-bar Fuerza de los Desplazados; hambre constante. Todo esto es el PK3.

“Aquí en Bria -explica Ali Abdelrahman Al-Dawoud, jefe de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) en Bria- la situación humanitaria empeoró drásticamente debido a que la población de toda la zona perdió todo que poseía”.

Resume que “los desplazados no pueden cultivar, no poseen nada, los pequeños negocios están suspendidos, así como las actividades mineras. En todo Bria, incluido el PK3, hay diseminados más de 73 mil desplazados, y muchos de ellos tienen su propia casa, destruida, a pocos metros de distancia. Otros, en cambio, vienen del campo. Nadie puede irse a casa por temor a represalias”.

Según la Ocha, a finales de 2017 (los datos disponibles más actualizados) la República Centroafricana presentaba las siguientes cifras trágicas: 688 mil 700 desplazados internos; 545 mil refugiados en países vecinos; dos millones de personas que necesitan asistencia alimentaria (aproximadamente la mitad de la población total).

Al menos 400 mil niños que ya no tienen acceso a las escuelas debido a los enfrentamientos y la devastación de la guerra.

En 2017 solo 39 por ciento de los 500 millones de dólares destinados a las misiones humanitarias de la ONU en la República Centroafricana llegaron a su destino.

La ONU instó tanto a los Séléka como a los Anti-Balaka a cesar la violencia contra los civiles y pidió al gobierno del presidente Touadéra que persiga a los responsables y proteja a la población. Hasta el momento, ninguna de las solicitudes recibió ningún resultado positivo.

(Notimex)


   

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